martes, 12 de noviembre de 2013

De narcos y adicciones o El minotauro.

Alejandro empezó a venir a pedir a casa hace una cantidad de años que no recuerdo. Se hizo asiduo. Yo le preparaba cosas de acuerdo a lo que él me iba pidiendo, ropa, comida. Cuando empezaban las clases Ale me pedía los útiles. Un día me dijo que había terminado el cole ese año con las mejores notas, seguía pidiendo para ayudar a su mamá.  La vida seguía. Un día vino una señora y me dijo que era la mamá de Ale, que se había quedado sin trabajo y que venía a pedir ella así el nene estudiaba. De ese modo empezó a venir a pedir la mamá de Ale. Siguió pasando el tiempo y un día la mamá de Ale me dijo, bastante alegre, que había conseguido trabajo de nuevo y que no necesitaba pedir más, se despidió de mi y me ofrecí para lo que necesitara.
Pasó el tiempo, un día volvió la mamá de Ale con la noticia de que Alejandro estaba conectado con un grupo de "dealers"y ella no sabía que hacer, estaba consumiendo, estaba mal y asustado. El padre  vivía en una provincia del interior profundo, intentamos conectarlo para enviar a Alejandro con su padre. Intenté encontrar un colegio agrícola para enviarlo y alejarlo así de las redes. Imposible. Ningún colegio se haría cargo de un chico con la historia que él portaba . Empecé a buscar entre las organizaciones civiles un modo de sacar al chico del medio. El titular de red solidaria me aconsejó con lógica: "olvidate, no hay arreglo posible". Le creo, lo sé, sé que no hay arreglo posible, después de transitar por hospitales neuropsiquiátricos con pacientes adictos sospecho que es imposible, sospecho que nadar en contra de la corriente es imposible, sólo que cuando vi  a la mamá de Alejandro, su impotencia tranquila, cuando recordé a Ale de chiquito me fue imposible pensar como médica, pensé como mamá, como persona, lloré de impotencia, lloré por Alejandro, lloré por la cantidad de pibes que no tienen una oportunidad y no la van a tener.

Ahora, desde el jardín, escribo ésto que sucedió hace muchos años. No es una crónica de manicomio, que tengo miles, más o menos terroríficas. Ésto es una historia cotidiana, cada vez mas cotidiana. Es una ola que nos cubre, es la ofrenda de sangre joven al Minotauro.

Ale, pobrecito, Negro mío que no pudiste ser Teseo, quiero pensar que hay una Ariadna para vos en algún sitio.

7 comentarios:

Javier dijo...

Somos menos que ese barro del que habla la mitología cristiana, Ana, somos solo un charco que el calor del sol evaporará y dejará una mancha en la tierra seca que el viento no tardará en borrar.

Un abrazo

Juan Poz dijo...

Sobrecoge tanto la historia, aun a pesar de ser trivial, que le deja a uno sin palabras, o peor, con las más tópicas. La teoría explica muchas cosas, pero de la vivencia directa de la realidad desgarrada, ¡ay!, ¿quién nos protege? Estamos ante una realidad contra la que el movimiento social puede poco, pues es el individuo quien decide, y muy a menudo contra profundos valores comunitarios que defienden el bien, la salud y el conocimiento. Yo solo saco una lección: hay que fortalecer al individuo, porque su poder, sobre todo para el mal, pero también para el bien, es grande. Soy el cuarto de cinco hermanos y he tenido el privilegio de crecer "desamparado", pero muy atento a los aciertos y errores de los demás. Sin haberlo leído, en aquel entonces de la adolescencia, llegué a la misma conclusión que Lázaro de Tormes: "Has de aprender a valerte por ti mismo", aprendizaje que ha estado lleno errores y de dolor, pero también de profundas satisfacciones.
Ana, el "te acompaño en el sentimiento" que usamos acá para los funerales es, ahora que te lo digo, literal y sobrecogedoramente exacto.

Ana dijo...

Eso es, una historia trivial, pero que en su sencillez devela toda la tragedia de tantos y tantos chicos y madres y familias.
También creo que en definitiva es el individuo quien decide, pero hay tantos determinantes que presionan al individuo para que justamente no decida o decida en contra de sí, o decida en función de lo que otros deciden que él debe decidir.
Un abrazo

Malo Malísimo dijo...

Hola Ana. Hace tiempo que leí tu entrada, quizás el mismo día que la publicaste pero he andado, ando un tanto mohíno. El tiempo frío, la edad :), y la necesidad de descargar y desconectar una temporada me han mantenido alejado de todo y de todos. He vuelto a leer tu entrada, tu penosa entrada y he recordado que al igual que a tu Teseo le falta un Ariatna hay otros muchos, estoy recordando a un buen amigo de mi edad, con lo cual la cosa es más trágica por aquello de la familia y los hijos, a este amigo y otros muchos como él que son Odiseos les falta su Penélope que les suponga un punto de apoyo, un arranque, un clavo ardiendo para comerzar el peregrinaje duro y solitario de encontrar Itaca.

Delfina López Acosta dijo...

Ma, me acuerdo de la historia de Alejandro, que triste. Me gustó el paralelismo con el Minotauro. Es cierto, cada uno hace desde su lugar lo que puede, dejando atrás la visión "profesional" y viéndolo como una historia de vida, me imagino que para vos será muy desalentador.

Ana dijo...

Te acordás de Ale, Delfi? Eras chiquita, pero justamente homologué la historia de Ale con la de ustedes que estaban creciendo pero todavía no habían llegado a esa etapa, por esa razón le pegó a la mamá que me habita.
Te quiero petisa.

Ana dijo...

Malo querido, cuando leí aquello del peregrinaje por encontrar Itaca me remití inmediatamente a Borges. Nos hace mas soportable el camino. Te pego aquí Arte Poética
Un abrazo!

Mirar el río hecho de tiempo y agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios,
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verde eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.